Jōse

 Los adoquines de las calles de Buenos Aires se lavaban con cada gota que caía, parecía que iba a llover toda la noche. Ya en la casa de Pablo se oyó el portero eléctrico destrabar la puerta de hierro, José me abrazó fuerte sabiendo lo que viviríamos esa noche.

  Sin que nadie lo notara estacione en el parking del supermercado, cargamos todas las cosas y emprendimos el viaje hacia el mar del Congo. 

  Acomodamos todo, probamos que cada uno de los tantos instrumentos de José sepan sorprender, estábamos en la orilla, la espuma del mar jugaba con nuestros pies, a lo lejos caminando por el muelle la vemos llegar, Jōse y su gran compañera Taylor. Se sentaron a disfrutar, ella abrió su corazón y poco a poco a la orilla se acercó. 

  A mi corazón le era conocida su voz, Jōse cantaba y ella estaba ahí, nose si el tren me recordaba o lo que escuchaba en el museo a mi cuerpo bailaba. Jōse cantaba, Taylor la acompañaba, un poco me acordaba de esos días antes que llegue la primavera sentir que todo florecía, como las abejas produciendo la miel tan dulce cómo su voz sonaba. Ella nos cantaba, nosotros la escuchábamos, Jōse nos contaba de regar una guitarra, el público la miraba y el corazón se alegraba. Jōse nos cantaba, su amiga Sofi le miraba, su hermano con la cámara la filmaba y como una estrella su corazón iluminaba. 

  Estas cosas pasan en el mar, esperando esa ola los tocayos empezaron a cantar, ella con la acústica y el la eléctrica, a veces es solo animarnos a compartir lo propio y que el otro encuentre la solución para saber a donde voy.